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BRAHMA
KUMARIS |
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Ayer iba caminando por la calle y escuché cantar a un pájaro. Como era una melodía deliciosa me senté en un banco del paseo. Cientos de personas pasaron a mi lado y ninguna se dio cuenta de que se estaba produciendo allí mismo el concierto más extraordinario de su vida. Otro pájaro le contestaba en la lejanía y los tres estuvimos hablando durante varios minutos. Hay personas que caminan por la calle y por la vida sin darse cuenta de que ocurren cosas a su alrededor. Son como zombis, autómatas teledirigidos. Algunas personas ni siquiera ven la flor, otros la ven pero no la perciben o no la valoran. Sólo unos pocos son capaces de convertirse ellos mismos en flor.
Lo que tenemos alrededor forma parte de nuestra existencia. Cuando conseguimos que no haya distancia entre el pajarito que canta o la flor que nos enseña su belleza y nosotros, estamos consiguiendo fundirnos con la realidad, convertirnos en pajarito o en flor, sentirnos formar parte de una misma naturaleza.
En mi ciudad ha comenzado el otoño y las hojas de los árboles han empezado a sembrar de colores el suelo. Todas las tonalidades y matices aparecen y desaparecen cada minuto. El paisaje es precioso. Quiero empaparme de esos tonos, de ese olor a castañas, de esa sensación de que todos los seres que hay a mi alrededor están en un proceso de cambio. Los seres vivos, plantas y animales, se adaptan al cambio, fundiéndose con él. A los seres humanos nos cuesta porque creemos que somos especiales.
La adaptación no depende del ojo que ve el paisaje, sino del alma que siente.
Me doy cuenta de que el paisaje, la naturaleza, el mundo, los animales, todos los seres humanos, quieren intimar conmigo y que me piden con su hermosura que me abra a su seducción.
Por: Ricardo Ros
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