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BRAHMA
KUMARIS |
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Cuando llegó el invierno, la más joven de las madres fue a calentar agua para bañar a su pequeño hijo de pocos meses de vida. Con mucho amor en el corazón, lavó su pequeño hijo hasta que estuviera satisfecha con su aseo. Después, le dio de comer, lo arrulló y lo hizo dormir.
Y en esta rutina vivió hasta cuando el niño ya tenía ocho años. En la fecha de su cumpleaños, la joven madre murió. El padre, asustado con la posibilidad de tener que criar solito al niño, decidió ir a buscar una nueva esposa.
Después de mucho ver, por fin eligió una que no era tan joven, pero tampoco tan vieja. Era una mujer madura, con una eterna sonrisa en el labio, quien inmediatamente se encariñó del niño. Lo adoptó como si fuera suyo.
Pero ahora el niño era más activo que antes. Sucedía que se rebelaba diversas veces contra su padre o su madrastra, no hacía lo que le decían y llegaba a horas que no debería. Pero, la madrastra lo miraba y lo cuidaba como si fuera suyo.
Cuando había que aplicar un castigo, así lo hacía, pero siempre explicaba el porqué de todas sus acciones. Siempre estaba lista para oír al hijo contar sus problemas en la escuela o con sus amiguitos. Por eso, el niño solía siempre llamarla "mamá".
Hasta que en el día de su cumpleaños de número veintidós, la mujer falleció. Su padre, ahora entrando en un estado de vejez, decidió adoptar una nueva esposa que pudiera cuidarlo y fue a buscar una de su misma edad.
El joven sintió que la mujer no era su madrastra, sino una abuela, pero esta se rió cuando él se lo comentó y el muchacho sintió cariño por su nueva madre.
Ahora, la época era otra. Al muchacho le interesaban cosas de la vida. A veces, cosas muy profundas como los secretos de la muerte. Otras veces, dilemas tan comunes como la carrera profesional a seguir. Y siempre tenía a esta tierna mujer lista para escucharlo y sugerirle cosas propias de una larga experiencia.
Con ella se ganó nuevos hermanos, pues tenía dos otros hijos de otro matrimonio. Se volvieron inseparables amigos para todo. Y, sin demora, el joven aprendió a llamarla "mamá".
Cuando llegó el día que llega a todos los hijos, el día de irse de la casa de los padres, el joven estaba listo con la maleta en mano. Entonces recordó que no había empacado las fotos de las tres madres que había tenido en su vida.
Con lágrimas en los ojos, tomó las tres fotos y fue entonces que tuvo una percepción importante: cada madre había tenido en un diferente momento de su vida. La primera había sido capaz de brindar todo el amor y cariño para un niño todavía en formación; la segunda, había tenido la madurez y jovialidad para conducir a un adolescente, y la tercera había ayudado el muchacho a volverse un hombre adulto.
En su corazón deseó que todos los hijos pudieran tener también tres madres, aunque solo tuvieran una. Deseó que las madres comprendieran que deberían cambiar con el tiempo y dar otro tipo de amor a sus hijos, como él había recibido. Suavemente, mirando por última vez su habitación, le dio gracias a la vida.
Y gracias a sus mamás.
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