- Mamá, ¿los ángeles también celebran la Navidad?
Esmeralda se detiene. Tiene guantes de caucho, llenos de espuma del jabón de lavar la loza. Su pelo rubio luce desaliñado y su porte es de una muy típica ama de casa. El vestido, ya bien viejo, muestra una mujer que envejeció más rápido que lo esperado.
Envejeció... Hacía dos años que estaba sola, cuidando su pequeña y maravillosa hija. Juliana. Un nombre nada común, extraído de alguna novela que vio. Dos años tratando de ser una excelente madre y un excelente padre. A veces, siente la inmensa presión. Antonio era un hombre fuera de lo común como marido y padre y ella sabe que no puede remplazarlo completamente. Pero, lo intenta.
La pequeña Juliana se caracteriza por muchas cosas. Es quieta y paciente, lo que permite a Esmeralda dejarla en manos de otras personas sin causarles molestia. No es incomún que algún vecino golpee la puerta e invite a Juliana a pasear. La otra característica son sus preguntas.
Sí, los niños preguntan, pero no como Juliana. Ella es paciente, espera una respuesta y, en verdad, la exige. Esmeralda todavía recuerda el día que, en un espacio público que ahora no le viene a la mente, Juliana le preguntó por qué no se podía comer de boca abierta. A su lado, había una pareja que comía de forma no muy educada - ¡de boca bien abierta! - a quien obviamente no le gustó nada su pregunta.
Esmeralda cierra el grifo, mira a su pequeña hija: tiene un vestidito muy fino para adaptarse al calor que hace ese día, sus ojos brillantes de curiosidad son iguales que los de Antonio, mientras la sonrisa es la de su mamá, recién fallecida.
Suavemente, Esmeralda arregla el pelo y se agacha, hasta tener la carita de Juliana a la misma altura que la suya.
- Y ¿por qué me haces esta pregunta? - esta era la forma clásica con la cual Esmeralda trataba de esquivar las preguntas difíciles o exóticas, como la de ahora
- Esta no es una respuesta. - Juliana voltea su cara ligeramente para el lado izquierdo, igual como hacía Antonio cuando Esmeralda trataba de evadirle alguna pregunta; Esmeralda perdió la batalla y mientras no dé una respuesta satisfactoria, Juliana estará ahí, con sus ojos penetrantes, esperándola
Entonces, agarra a su hijita y la lleva a la ventana. Está abierta, gracias al calor y a la seguridad de su barrio. Arriba, miles, quizá millones de estrellas brillan intensamente en un paisaje nada común para la ciudad - en la temporada de Navidad, la mayoría de la gente se va, con eso hay menos contaminación y el cielo aparece más límpido que nunca.
- Mira hacia arriba, Juli. ¿Ves las estrellas? En verdad, son los ángeles preparando las festividades de Navidad.
- ¡Verdad! - el asombro de Juliana enternece el corazón de Esmeralda; miente, igual que su mamá le mintió la vez que la vio poniendo un regalo para ella bajo el árbol y dijo que el "Santa Claus está enfermo, así que mandó eso por el correo" - Pero, ¡son tantas!
- Sí, Juliana, son muchas. Muchísimas.
- Papá vive en una de ellas, ¿no es cierto? Y la abuelita...
Por un momento, Esmeralda piensa en terminar la conversación. La mentira no es su especialidad, pero no tiene como detenerse ahora.
- Sí... - se le ocurre una idea - Pero, sabes Juliana, dicen que en las casas que son decoradas con mucho amor y cariño, limpias y agradables, donde hay armonía en el aire, los ángeles entonces descienden y comparten la cena de Navidad con nosotros.
Juliana voltea su cara completamente hacia su mamá. Sonríe. Es la seña de que estaba satisfecha con la respuesta.
Esmeralda la baja de la ventana.
- Bien, hijita, ahora déjame trabajar, ¿oíste? Tengo mucho que hacer, mucho.
Fueron dos semanas complicadas para Esmeralda. No fuera por el buen genio de Juliana, estaría perdida. Un día no pudo cocinar para ellas y de repente vio a su hija con un paquete de galleta en la mano.
- Tenía hambre. - le dijo - Así que fui a la tienda y Don Nicolás me dio un paquetico.
Antonio siempre había sido un hombre precavido, desde los tiempos de universidad. Había elegido una carrera que le daría un muy buen sueldo en el futuro y solo se casó con Esmeralda cuando tuvo la certeza de que podía mantener una casa y una familia.
Esmeralda trabajó como gerente en una empresa hasta que se quedó embarazada. Entonces sintió en su propia piel como trataban mal a las mujeres embarazadas en su compañía y decidió renunciar, con la aprobación de Antonio. El plan era quedarse dos años con Juliana, estudiar otros dos años algún curso de especialización y volver al mercado laboral. La tragedia impidió que sus planes resultaran.
Era noche, Antonio regresaba muy tarde de su trabajo y dos hombres lo abordaron en un semáforo. Esmeralda nunca supo con exactitud que pasó, pero sabe que le robaron el carro, la billetera y la vida. Tres balas terminaron con tantos sueños.
Su mamá, entonces viva, fue inmediatamente a su casa. Mientras cuidaba a la nieta, Esmeralda se encerró en la habitación a llorar. Entonces, miró a la ventana y aquel día había muchas estrellas. No tenía una creencia correcta de donde estaría Antonio, pero seguro que había por lo menos pasado por ahí.
Con la tragedia vinieron dos sorpresas. Serían agradables, no fuera el contexto del funeral. La primera fue la reacción de Juliana cuando Esmeralda le explicó lo que había pasado. Ella no habló nada, pasó su suave manito en la cara de su mamá, limpió sus lágrimas y le dio un besito. Después, le mostró su bella sonrisa.
La segunda sorpresa fue un seguro de vida que le garantizó una vida en un estándar más elevado que lo que una viuda suele tener. Fue tan repentino y el valor era tan alto que la compañía aseguradora mandó investigadores a examinar el caso. Fueron tres meses difíciles para Esmeralda, en los cuales tuvo que contestar las preguntas más íntimas sobre su relación con Antonio. Al final, tuvieron que pagar. El papá de Esmeralda, quien estuvo en la ciudad por esa época - desde luego, su mamá y papá estaban divorciados hacía varios años - la ayudó a invertir el dinero. En cuentas claras, tendrían ¡treinta años de una vida tranquila! Moderada, es verdad, pero no pobre. Además, con casa propia - cuando se casaron, Antonio ya había terminado de pagar la casa... Sí, era precavido: empezó a comprarla cuando tenía 15 años, inicialmente ayudado por sus padres.
De todos modos, Esmeralda decidió volver a trabajar. Un año después de la muerte de Antonio, cocinaba y vendía dulces y salados al vecindario. Más que el dinero, era una forma de ocuparse.
Por esta razón, la Navidad que para muchos suena a vacaciones, para Esmeralda significa mucho más trabajo. Demasiado.
Esmeralda no lo sabe, pero se ha vuelto famosa en el barrio. Sus empanadas y galletitas eran artículos indispensables en todas las fiestas. Venían incluso de ciudades vecinas, parientes y amigos de sus vecinos, a comprarle. Supieron que sabía hacer comidas típicas de Navidad, así que no puede parar de trabajar. A toda hora alguien entra y sale de su casa con comida o con un nuevo pedido. O bien con un cheque o dinero. Para evitar problemas con su hija, decide separar el día 24 entero para ella y su hija.
La tradición que seguían era la misma de la época de Antonio: el domingo antes de la Navidad, iban a almorzar en la casa de su mamá y cenar en la casa de los padres de Antonio. Con la muerte de la mamá, el almuerzo y la cena eran en la casa sus suegros. Ellos habían sido fantásticos con ella después del fallecimiento del hijo, más aún cuando la mamá de Esmeralda se fue, y su nuera había perdido la cuenta del número de veces que la suegra aparecía en su casa para limpiar los baños o ayudar a cocinar algo.
Al llegar por la noche del domingo, aún estando cansada, Esmeralda empieza a dejar cosas listas para el día siguiente. No se da cuenta de que su hijita se había puesto en la ventana. A mirar estrellas. "Espera por los ángeles", piensa Esmeralda. Y recuerda lo que le pasó la anoche...
Aunque había decidido separar el día 24 para ella y su hija, Esmeralda percibió que este día tendría muchas cosas por hacer. Por esto, la llevó a pasear el sábado, le compró regalos, le hizo de todo. El hecho de que tenía tantas encomiendas de comidas por entregar no podía ser un obstáculo. Era el día de ella con su hija.
Al regresar, por la tarde, se dio cuenta que una de las casas vecinas estaba nuevamente ocupada. Había estado vacía por más de un mes. Dos de sus vecinas mayores conversaban animadamente. Le hicieron señas y se acercaron, antes que Esmeralda tuviera chance de alejarse de ellas. Después de todo, sabía sobre que hablarían...
- ¡Negros! Sí, son negros. ¿Puede imaginar una cosa de esas, Sra. Álvarez?
En aquel momento, Esmeralda no sabía lo que le irritaba más: el tono de voz de su vecina, el tono despectivo de la palabra "negros", o el "Sra. Álvarez", que la hacía sentirse por lo menos diez años más vieja. Juliana terminó salvando a su mamá.
- Mami, ¡estoy cansada!
Esmeralda se repuso, sonrió y declaró:
- Discúlpenme, pero tengo que entrar. Juliana se llevó la mitad de las tiendas del centro comercial y ahora está cansadita.
Todas se rieron. Las vecinas se despidieron y se fueron.
Aquel sábado, Juliana durmió por la tarde y no despertaría hasta el día siguiente.
A las once de la noche, Esmeralda todavía estaba cocinando, cuando golpearon la puerta. Desprevenida, Esmeralda abrió la puerta y casi se asustó con lo que vio.
Delante de ella, había una bella mujer negra en un vestido blanco hermoso. La calle estaba oscura y la noche, sin estrellas, así que le pareció, por unos instantes, que la mujer flotaba en el aire. Obviamente, una ilusión de óptica.
- Buenas noches. Soy su nueva vecina y vi que la luz de la cocina estaba prendida. Con el calor, decidí caminar un poquito, pues dicen que todo aquí es muy seguro. Así que, pensé, pues si somos vecinas, quizá ella esté un poco atareada y yo, todo lo contrario, ¡no tengo nada que hacer! Quizá ella necesite ayuda. Por eso, estoy aquí.
Su voz era aguda, aunque agradable, y su acento, bien reconocible.
- No... Ya estoy terminando. Es que salimos todo el día, mi hija y yo, así que había mucha cosa para arreglar, algunas cosas para terminar en la cocina...
La extraña vecina toca su brazo. Su toque es gentil y cálido, algo que no sentía hacía mucho tiempo. Sí, desde los tiempos que era jovencita y su mamá le tocaba el brazo para decirle "siempre estaré por aquí".
- Siempre estaré por aquí. Soy su nueva vecina, me llamo Ana Lucía y mi hijo es Juan Carlos. Cualquier cosa, por favor, llámeme
Volviendo al presente, Esmeralda siente algo extraño. ¿Cómo ella pudo pronunciar la misma frase de su mamá, en el mismo instante que ella la pensó?
No logra razonar, Esmeralda está cansada.
El día 24 estuvo tan ocupado, que Esmeralda agradeció a los cielos que sus abuelos se llevaran a la pequeña Juliana para pasear. Regresaron a las cuatro de la tarde e inmediatamente, Juliana comenzó a hacer algo en la sala.
Esmeralda atiende a una clienta. Se trata de Doña Filomena. Hoy, como todos los años, sus veinte parientes más cercanos vendrán a saludarla. Cada uno trae algo, ella aporta a la cena unos panetones especiales.
- ¡Deliciosos! Esmeralda, sabes hacer panetones como mi "nona". - Esmeralda sonríe, mientras mira de soslayo a su pequeña hija, caminando sin parar por la sala
Son las siete de la noche cuando el último cliente llega. Don Mario es un hombre gordo y fuerte, pero muy gentil y amable. Le ayudaba siempre que tenía algún problema en la casa, así que le hizo un descuento muy especial en la comida.
Don Mario se despide y por fin Esmeralda va a ver que pasa en la sala. La casa estaba construida de tal manera que la cocina tenía dos puertas de acceso, una de ellas daba a un corredor y a la puerta de la salida. La otra puerta de acceso, a las escaleras que llevaban a las habitaciones.
Esmeralda cierra la puerta de salida, pero no entra a la cocina, sino se devuelve por el pasillo hasta llegar a la sala. Y suelta una exclamación espontánea de sorpresa.
Además del árbol, que ya estaba listo desde fines de noviembre, Juliana llenó la sala de ángeles de varios tamaños y formas. En el comedor, un ángel de unos quince centímetros sostiene una vela amarilla. De lejos, Esmeralda cree que este ángel debe ser de cristal.
También le llama la atención unos ángeles que están dispuestos alrededor de la ventana. Juliana había tomado la escalera de la cocina y los había colgado de tal manera que parecía que ellos abrían la cortina blanca que hay allí.
De todos los años y de todas las navidades que Esmeralda haya vivido y recuerde, esta sala representa la decoración más bella de todas.
- Ellos compraron todo lo que les pedí. - Esmeralda mira a Juliana que trata de explicar como había obtenido todos los ángeles; no hay dudas que sus suegros son fantásticos, pero algo que no entiende es porque tienen que satisfacer a todos los caprichos de esta niña
Pero, ya está listo. Ella y su hija hoy por la noche tendrán una cena de Navidad entre ángeles. Así se cumple lo que Esmeralda había dicho.
A las doce de la noche, todo está listo. La comida está por ser servida en recipientes que entonces serán puestos en la mesa. Juliana, desde la muerte de su papá, había decidido ser vegetariana. Recuerda bien que, al comienzo, demoraba interminables minutos separando todo lo que fuera carne de su plato, hasta que Esmeralda acordó en cocinar de forma vegetariana. Aunque no adoptó completamente este estilo de vida: con cierta nostalgia, observa la ausencia de un pavo real en la mesa de Navidad, por el segundo año consecutivo.
Frutas abundan, así como unos fritos que a Juliana tanto le encanta. Los dulces son especialísimos y el panetone luce espectacular. Las dos se ríen mientras la hija sirve a la mamá y riega comida por todos lados.
- Juli, deja que yo sirvo. - dice Esmeralda entre risas
Entonces, ella se percata.
- Un momento, Juli, ¿por qué hay cuatro puestos en la mesa?
Juliana la mira con su mirada de "enojada". Sí, es igual que Antonio, cuando le miraba diciendo "pero me habías dicho..."
- Mamá, son para los ángeles.
Esmeralda piensa un segundo. Su cara se pone un poco seria, mientras Juliana termina de limpiar lo que hizo.
- Querida, te tengo que decir algo. Lo de los ángeles, no...
Unos golpes en la puerta la impiden de finalizar.
- ¡SON ELLOS! - grita Juliana, que corre hacia la puerta a abrirla
Esmeralda oye risas, mientras se levanta despacio y sale rumbo hacia la puerta de salida, pues desde la sala, no puede ver quien llegó.
¡Qué sorpresa!
- La comida estuvo fabulosa. Realmente, eres una excelente cocinera, Esmeralda.
Ana Lucía pone nuevamente su mano en el hombro de Esmeralda y de nuevo le genera la misma sensación agradable del otro día. Ahora le da aún más felicidad.
Juliana y Juan Carlos charlan animadamente. Hoy, Ana Lucía está con un vestido azul suave y sus ojos parecen más grandes que normalmente.
Evita preguntar sobre su marido, así como ella parece evitar preguntar sobre el suyo. No son cosas para hablar en el segundo encuentro. Los dos llegaron y Juliana de inmediato los invitó a cenar. Ana Lucía, muy cordialmente, trató de rehusar la invitación, pero por fin se sentaron. Al día siguiente, Esmeralda y su hija deberían ir a almorzar en la casa de Ana Lucía y Juan Carlos. Así quedó el trato.
- ¿No es verdad que ustedes son ángeles?
Esmeralda piensa que de nuevo Juliana hacía una pregunta muy inapropiada. Pero, también ella está curiosa, pues el toque de Ana Lucía no es algo común.
- Sí, lo somos. - contestó Ana Lucía para asombro de Juliana e, inconscientemente, Esmeralda; acercó su gran cara a la de Juliana y le comentó en un tono más bajito - Todos los cuatro somos ángeles, Juliana.
Juliana luce confundida y Juan Carlos parece estar oyendo algo que ya ha oído muchas veces antes.
- Cuando quiera que ayudamos a alguien, somos ángeles. Cuando nuestra mano toca el corazón de alguien y lo conforta, somos ángeles. Cuando nuestras palabras suenan como música y animan a alguien, somos ángeles. Cuando sonreímos, como tú, Juli, somos ángeles.
Ana Lucía mira a Esmeralda y le sonríe amablemente. Juliana también sonríe, satisfecha. Juan Carlos mantiene la misma cara. Esmeralda es quien parece no estar totalmente satisfecha.
Después de lavar y limpiar todo - Ana Lucía mostró ser la mejor en lavar la loza; "mi mamá fue cocinera y lavandera, Esmeralda", le comentó al respecto - los dos niños fueron encontrados dormidos profundamente en el sofá de la sala.
Ana Lucía agarró a su pequeño Juan Carlos y empezó a ir hacia la salida. Ya en la puerta, voltea su cabeza hacia Esmeralda y le mira bien profundo a los ojos.
- Siempre estaré por aquí. Tú eres una persona ejemplo para tu hija y para todos los demás. Tu marido debe estar muy satisfecho contigo, estoy segura. - Esmeralda la mira sin sorpresa, mientras una alegría empieza a dominar su corazón - Ahora, Esmeralda, toma a Dios como tu verdadero marido y continúa tu tarea en este mundo. Yo estoy por aquí para ayudarte en esto. Cuenta conmigo.
Comienza a irse. Esmeralda, con Juliana en sus brazos, la sigue. Cuando ya está fuera, gira por última vez su cabeza hacia Esmeralda, apunta el cielo lleno de estrellas y dice:
- Sabe Esmeralda, dicen que en las casas que son decoradas con mucho amor y cariño, limpias y agradables, donde hay armonía en el aire, los ángeles entonces descienden y comparten la cena de Navidad.
Y cierra la puerta, dejando a Esmeralda inmersa en pensamientos y en una felicidad que hacía mucho tiempo no sentía.