
Había un pueblito donde el dinero no entraba.
Todo lo que las personas compraban, todo lo que era cultivado y producido por cada uno, era
intercambiado.
La cosa más importante y valiosa era el amor. Quien nada producía, quien no poseía
nada que se pudiese cambiar por alimentos o cosas útiles daba su cariño.
El cariño era simbolizado por
una bolita de algodón. Era normal que las personas diesen bolitas sin querer nada en cambio.
Ellas
daban su cariño, pues sabían que recibirían otros en otro momento o en otro día.
Un día, una mujer
muy mala que vivía fuera del pueblo, convenció a un niñito a no dar sus bolitas. De esta forma, dijo ella, él
sería la persona más rica del pueblo y tendría lo que quisiera.
Ilusionado por las palabras de la mujer,
el niño, quien era una de las personas más populares y queridas del pueblo, pasó a juntar bolitas y en
poquísimo tiempo, su casa estaba llenísima de bolitas. Era hasta difícil de circular dentro de ella.
Las
demás personas, empezaron a hacer lo mismo, a guardar bolitas de algodón. En poco tiempo, ya no había
bolitas circulando, pues la gente ya no daba el cariño que tenía. Toda armonía del pueblo
desapareció.
Vinieron la codicia, la sospecha, el primer robo, el odio, la discordia. Las personas se
insultaron por primera vez y pasaron a ignorarse en las calles.
Y el niño quien era el más querido en
todo el pueblo, fue el primero en sentirse triste y solo. Fue a buscar a la mujer mala para preguntarle si eso
era parte de la riqueza.
Pero no la encontró, así que tomó una decisión: tomó una gran carretilla, puso
ahí todas sus bolitas de algodón y fue de casa en casa y por las calles, distribuyendo todo lo que había
acumulado. A todos les daba cariño y solo decía:
- Gracias por recibir mi cariño.
Sin miedo de que
sus bolitas de algodón se terminaran, las distribuyó hasta la última, sin haber recibido ningún cariño a
cambio.
Pero, antes de sentir la ausencia de las bolitas de algodón, alguien se acercó y le dio un cariño.
Otro hizo lo mismo...
Otro... y otro... hasta que el pueblo volvió a ser normal como antes. Y el niño se
sintió el más rico de todos.

Sé dulce con quienes no lo son, pues esta es la prueba verdadera de tu espiritualidad.